Información
- Cocina: Asturiana tradicional, Carne de buey, Cocina de autor
- Precio: €€-€€€
- Web: Sitio Oficial
Si hay un restaurante que justifica por sí solo una escapada al occidente profundo de Asturias, ese es El Torneiro. Situado en Villayón, un pequeño concejo de montaña rodeado de praderías verdes y bosques de castaños, este establecimiento lleva desde 2007 cocinando con la filosofía más honesta que se pueda imaginar: productos de kilómetro cero, recetas ancestrales y una pasión por la buena mesa que se nota en cada plato. Lo regentan Mirta Rodríguez, miembro del Club de Guisanderas de Asturias, y su marido Santi, que levantaron el proyecto sobre la antigua casa familiar —la del abuelo de Santi, un torneiro que trabajaba la madera y que da nombre a la casa—. El Torneiro combina tradición y autoabastecimiento de una manera que pocos restaurantes en el Principado pueden igualar.
La gran estrella de la casa es, sin duda, el pote asturiano. No el pote genérico que se encuentra en muchos menús, sino una versión auténtica del suroccidente asturiano elaborada con rabizas, las primeras hojas tiernas del nabo, en lugar de las berzas más habituales. El resultado es un caldo de sabor profundo y verdadero, con una textura sedosa que acarrea los aromas de la tierra. Pero lo que realmente distingue a este pote es el compango: además del chorizo, la morcilla y el tocino, se sirve con oreja de cerdo y chosco de Tineo, un embutido tradicional elaborado con cabecero de solomillo y lengua. Todo ello se presenta en una sopera al centro de la mesa para que cada comensal se sirva a su gusto. No es solo una impresión nuestra: este pote fue premiado como Mejor Pote Asturiano en el campeonato de España de la especialidad en octubre de 2024, después de quedar finalista en 2019 y 2020 y segundo en 2023.
La segunda gran razón para visitar El Torneiro es su carne de buey. En 2015, Mirta y Santi tomaron la decisión de criar sus propios animales de raza casina, también conocida como asturiana de la montaña. Sus bueyes se sacrifican con nueve años —frente a los cinco habituales en el mercado— tras pastar en los prados de Villayón. El resultado es una carne extraordinariamente sabrosa, con un marmoleado generoso que la hace tierna y jugosa. La costilla hecha a baja temperatura es un plato que difícilmente se olvida: melosa, con ese sabor intenso que solo da una carne madurada lentamente en libertad.
La carta ofrece otras joyas de la cocina asturiana de montaña. El repollo relleno es otro plato bandera que combina la suavidad de la hoja cocida con el sabor concentrado del relleno. La cecina, de elaboración propia, se sirve en ración generosa y sale muy bien parada en las reseñas. También destacan las croquetas cremosas, el guiso de callos, las albóndigas caseras y, por supuesto, la chuleta de buey casín, que se cobra al peso. Para quienes prefieren pescado, el bacalao confitado con verduras o en ensalada es prácticamente la única opción marítima de una carta que es, esencialmente, un homenaje a la tierra.
El local funciona también como hotel rural, lo que permite a los comensales convertir la visita en una escapada completa. El comedor es modesto y acogedor, sin pretensiones estéticas pero con una calidez que invita a quedarse. Por las mesas se alternan trabajadores de la zona que acuden por el menú del día con comensales llegados de Oviedo, Gijón o incluso más lejos, atraídos por la fama del pote y la carne. Ese mezcla de clientela local y foránea es siempre buena señal en un restaurante.
El precio medio se mueve en el entorno de los cuarenta o cincuenta euros según lo que se pida —conviene consultar la carta actualizada—, una cifra razonable para la calidad de los productos y el trabajo que hay detrás de cada plato. Solo abren al mediodía, todos los días, por lo que conviene planificar la visita con antelación, especialmente en fines de semana de temporada alta. Los postres son caseros y correctos: requesón, arroz con leche y flan, un remate tradicional a la altura del resto de la comida.
El Torneiro es, en definitiva, una rareza en el panorama gastronómico actual: un restaurante que cría sus propios animales, cocina con las verduras de la temporada y mantiene vivas recetas que en muchos lugares ya se han olvidado. Villayón no está en la ruta turística habitual de Asturias, y eso es precisamente parte de su encanto. Llegar hasta El Ensanche número siete es un pequeño esfuerzo que se recompensa sobradamente con un pote inolvidable y una chuleta que sabe a campo y a paciencia. Una parada obligatoria para quien quiera conocer la cocina más auténtica y profunda del occidente asturiano.